2015 – La Octava de Navidad

La Solemnidad de la Navidad, como si fuera un solo día, se despliega durante toda su Octava. Dentro se celebran tres fiestas, como tres coronas, que la Iglesia ofrece al Niño, el martirio de Esteban, la castidad del discípulo amado, y la inocencia de tantos inocentes de la historia, que se identificarán con el Señor, justamente porque son víctimas inermes. Durante la octava escucharemos la carta a los Colosenses donde se proclama a Jesucristo como Imagen del Padre y los evangelios de la Infancia de Lucas.

El día de la Octava la Iglesia levanta los ojos para mirar a María y le da el título más grande: «María, Madre de Dios» (Theotokos). Como si la Iglesia no pudiese irse del pesebre del Señor sin contemplar a Aquélla que es la Cátedra de la Sabiduría. La Iglesia recibió y recibirá siempre a Jesús en los brazos de María y bajo su mirada y con la convicción de que Dios es el Emmanuel empezamos un año más de gracia, de después de la Encarnación, sabiendo que todo lo que suceda lo viviremos confiando en la misericordia de Dios Padre que nos ha entregado al Hijo y bajo la protección de la Bienaventurada Virgen María.

Aconsejamos que el canto del Gloria sea muy expresivo y que el signo de la paz también lo sea. Luz, intimidad, amor entrañable y cánticos de alegría glorifican al Señor que por nosotros ha nacido.

La Liturgia de las Horas resplandece de la gloria del Señor, se complace en Laudes y en el Oficio de Lectura en cantar el «Cántico nuevo» de los salmos reales (95-98) que proclaman la realeza del Señor y desde muy antiguo se canta el salmo 129 en las segundas Vísperas, únicamente por el versículo: «Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos». La humanidad que vivía en el abismo (De profundis) de las tinieblas ha conocido por el misterio de la Navidad del Señor que Dios la redime de su noche y la levanta de su abismo. Como también es impresionante el salmo 109 cantado durante cada día en Vísperas durante toda la octava:

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora».

Con que fuerza resuenan las palabras de San León, escuchadas en el Oficio de las Vigilias de la Santa Navidad: Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Mn. Rafael Serra

(Calendario-Directorio del Año litúrgico 2016)

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