2016 – Jubileo de la Misericordia : Salmo 129

SALMOS PENITENCIALES

Lectura orante del Salmo

Salmo 129: De profundis.

El penúltimo de los Salmos penitenciales está transido ya de un sentido pascual.  Es un Salmo pascual porque el Señor, con Él también la Iglesia, espera el amanecer de la resurrección. Es el Israel, el viejo y el nuevo, que espera el Señor y confía en su amor. Los Padres de acuerdo con el significado bíblico del término afirman que el abismo (De profundis, Desde lo hondo) es el sheol, el lugar de los muertos, donde no hay esperanza, del vacío sobrecogedor. Es un Salmo querido por la piedad de la Iglesia. Un Salmo que describe todas las situaciones existenciales de angustia, de no esperanza, de tinieblas sin ver atisbo de luz. Desde allí el creyente se supera, grita al Señor y espera que “tus oídos estén atentos” porque sabe de su amor y que no hay pecado que Dios no pueda perdonar. Los verbos de confianza son recurrentes en el Salmo: “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra, aguarda al Señor”. El pecador que habla aquí y que suplica está ya seguro del perdón de Dios, es el pueblo de Dios que reconoce la infinita ternura de Dios (’hessed), y la incapacidad de responder a la  alianza. Estas infidelidades son vividas como una muerte espiritual “desde lo hondo a ti grito, Señor”, pero este grito se dirige a aquél que es él perdón: “de ti procede el perdón (quia apud te propitiatio est). Y con una gran confianza en la Palabra de aquél que es fiel a su promesa: “mi alma espera  en su palabra”.

El cristiano siempre debe aprender a orar desde lo más profundo, incluso desde el pecado, desde la humillación del pecado. Justamente el Catecismo de la Iglesia Católica cita a san Agustín comentando el Salmo en el n. 2559

¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf. Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene”(Rom 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf. San Agustín, Sermo 56, 6, 9)”.

Comprende que Él “no lleva cuenta de los delitós”, de otro modo, nadie podría resistir su propio pecado, se horrorizaría de si mismo, hasta lo insoportable. Una vez el Señor ha descendido al abismo, hasta el reino de la muerte, por haber asumido una carne de pecado, subió más arriba del cielo para llenarlo todo de su gloria.

A ti grito, Señor”: el grito más significativo de la historia de salvación fue el que hizo Jesús muriendo en la Cruz. Fue un grito de súplica esperanzada desde la más absoluta profundidad y oscuridad. Tenía que anhelar impacientemente por la mañana de la Resurrección cuando Dios respondería a la oración, redimiendo y salvando toda la humanidad. La exaltación de Cristo es la respuesta del Padre al gran grito que ha eliminado la distancia entre el abismo más profundo y el cielo más alto. Jesús fue el “grito” del pecador, “la esperanza” del pecador, la “redención” del pecador.

Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto”. El perdón es divino: El perdón que el salmista espera, lo lleva a Jesucristo en el nuevo Testamento (Mt 9, 2). Cristo mismo es el perdón, Él es nuestra reconciliación: “Por quien hemos recibido la liberación y el perdón de los pecados” (Col 1:11)

El poder de Dios se manifiesta como perdón. San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: “Es más fácil que Dios contenga la ira que la Misericòrdia” (In Ps. 76, 11). Y santo Tomas escribe: “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotència” (Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4..)

Un  amor que infunde reverencia, no miedo, ya que el temor de Dios excluye todo miedo: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor” (1 Jn 18,4). Esta experiencia del amor lleva a esta actitud: ¿Cómo podemos pecar en la presencia de aquel que nos ama tanto y perdona siempre? El perdón de Dios es siempre una sobreexigencia, no es un decir. “Ya puedo volver a pecar porque Dios perdona siempre”, un un decir: “¿Cómo debo vivir a partir de ahora con el perdón que Dios me ha regalado?”

Más aún: el mismo Jesús es el perdón con el que Dios llena hasta rebosar de su gracia libre y generosa: “porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. En este sentido es el Salmo del Sábado Santo, desde lo más profundo, la muerte, el lugar de la no esperanza, en la tiniebla más impenetrable, desciende el Señor y allí espera el alba de la Resurrección, el alba de la Pascua. Este Salmo nos hace a todos “centinelas de la aurora”. Esta es la condición del creyente: ser un ¡vigilante! El que espera siempre el despuntar de la aurora. Los centinelas de Israel eran aquellos que vigilaban el campamento de los enemigos y esperaban con deseo ardiente el primer despertar del día o los que hacían la ronda en las murallas de la ciudad y esperaban divisar el primer albor del día. El cristiano puede sentirse sumergido en la noche, pero sabe que la noche se agota en sí misma, que llega un momento que ya no puede haber más noche y la primera luz del alba llega.  Toda la existencia del cristiano se vive como un presentimiento de la luz.

El cristiano vive siempre “al par de los levantes de la aurora” en el bellísimo verso de san Juan de la Cruz, existe en el claroscuro de la fe y de la esperanza. La historia y el camino de la Iglesia, también cada una de nuestras existencias no va hacia la tiniebla, va hacia la mañana, va hasta el amanecer de un día sin ocaso. En la noche más hermosa del año cantaremos: ¡Oh Luz gozosa de la santa gloria! Y también: ¡O noche más clara que el día!

En ningún sitio como en este Salmo hay una definición más preciosa de la esperanza cristiana: una noche que es ya, en esperanza, una alborada. Centinelas que esperan el día de la Resurrección, el amanecer de Pascua: “La mañana es la resurrección de Cristo, la cual es el fundamento de nuestra esperanza: espero por razón de esta mañana en que él resucita” (San Gregorio Magno). Recordemos el precioso verso de Isaías: “¿Qué ves centinela en la noche?” (Is 21,11s)

El Salmo es realmente un canto de peregrinación, de noche y de luz y san Agustín hace de su predicación del Salmo 129 una preciosa catequesis pascual:

Esta vigilia matutina es el fin de la noche; de aquí que hasta la noche esperó mi alma en el Señor. Luego para que no pensásemos que ha de esperarse un solo día en el Señor, ha de entenderse qué significa desde la vigilia matutina hasta la noche. ¿Qué pensáis, hermanos, que significa desde la vigilia matutina hasta la noche esperó mi alma en el Señor? Que el Señor, por quien se nos perdonaron los pecados, resucitó de entre los muertos en la vigilia matutina para que esperemos que ha de acontecer en nosotros lo que antecedió en el Señor. Ya se nos perdonaron nuestros pecados, pero aún no hemos resucitado; si todavía no hemos resucitado, aún no tuvo lugar en nosotros lo que antecedió en nuestra Cabeza. ¿Qué aconteció a nuestra Cabeza? Que resucitó la carne de ella. Pero ¿por ventura está muerto su espíritu? Resucitó lo que murió en él. Resucitó al tercer día, y, en cierto modo, el Señor nos dijo esto: “Lo que visteis en mí, esperadlo en vosotros”; es decir, como yo resucité, igualmente resucitaréis vosotros”(In Ps 129: 6).

Es un uso antiquísimo cantar el Salmo 129 en las II Vísperas de Navidad y durante toda la Octava.  Evocamos el santo icono de Navidad que prefigura el sepulcro y, por tanto, la Resurrección. Esta Pascua que es Navidad. El Señor que ilumina todas las tinieblas. Es en el descendimiento de Jesús a los infiernos indicado iconográficamente en la negrura de la gruta, prefigurando anticipadamente el sepulcro. El verso 7: “como el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia” “quia apud dominum misericordia et copiosa apud auroram, se cumple cuando la Palabra de Dios se hace carne humana. En el Señor Jesús el amor, la redención generosa bajan del Cielo a nuestro abismo. Contemplando Jesús Niño, llena de amor y todo emociona: “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos”. Una redención que llegará a su plenitud en el Misterio de la Pascua, del paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz. Por su misterio pascual Cristo redimirá toda la humanidad de sus culpas. La Iglesia ante el exceso del amor de Dios Trinidad afirma que hace más respeto un Dios que ama, que un Dios que castiga. Y el papa Francisco proclamó en su primer Angelus: “Dios no se cansa  jamás de perdonar”.

Nadie espera la aurora tan ansiosamente como el centinela. También amanecerá la Misericordia del Señor sobre el hombre y sobre el pueblo pecador. Será una mañana espléndida, porque Díos es grande en perdonar. Un futuro hecho presente desde que resonaron aquellas palabras en nuestra tierra: “Ánimo, hijo, tus pecados son perdonados” (Mt 9,2). Muchas ovejas perdidas han sido encontradas desde entonces. Tienen el rostro de la Samaritana, de Zaqueo, de Simón Pedro, de Pablo, mi propio rostro. También yo “conseguí misericordia, para que en mí primeramente mostrase Jesucristo toda su longanimidad” (1 Tim 1,16). En cada creyente se va preparando el Señor la esposa santa e intachable hasta que pueda presentarla engalanada como una novia ataviada para su Esposo (Ap 21,2). Dios redimirá a la Iglesia de todos los delitos (Et ipse redimet Israel ex omibus iniquitatibus eius). Redimirá los pecados de la Iglesia, pero también los nuestros que somos sus hijos.

El Salmo ya se utilizaba en la liturgia de Israel el Dia de la Expiación. Actualmente se utiliza como segundo Salmo en las I Visperas del Domingo de la IV semana. También los miércoles en Completas. En ambos casos tiene una clara significación pascual. Es tradicional en la litúrgia de las Exequias y la Iglesia canta el Salmo en boca del difunto que de profundis de su propia muerte clama al Señor.

Ant 2. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Oremos

Padre, nuestra alma te aguarda, como centinela a la aurora; la presencia de tu Hijo, abrió en el mundo un amanecer de perdón y Misericordia, que llegó a su culmen cuando en la mañana de Pascua restauraste el universo; recibe nuestro agradecimiento y alabanza por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 Mn. Rafael Serra

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