2016 – Jubileo de la Misericordia : Salmo 109

Salmos Pascuales

Salmo 109

La siguiente serie de Salmos los designamos “Salmos pascuales” ya que la tradición litúrgica de la Iglesia los ha rezado como profecía de la gloria del Señor Resucitado y en su alabanza. Este uso se origina ya en el Nuevo Testamento. Con razón estos Salmos están presentes en la celebración de las Horas del Domingo sobretodo, y, presentes de una manera especial en el Tiempo Pascual y en la tríada de las solemnidades: Pascua, Ascensión y Pentecostés. La más antigua tradición litúrgica romana diferenció el Tiempo de Pascua del resto del Año litúrgico, ya sea por el uso establecido de unos Salmos y con la profusión del Aleluya. Se explicita el sentido pascual de cada Salmo con la antífona propia indicada para el tiempo de Pascua.

El Salmo 109: “Dixit Dominus a Domino meo”, “Oráculo del Señor a mi Señor”, la Iglesia lo canta cada Domingo como primer Salmo de las II Vísperas del Día del Señor. Generaciones y generaciones de cristianos han cantado este Salmo al ponerse el sol del Día del Señor y lo cantarán hasta que el Señor vuelva. Realmente es sugestivo que la comunidad,  reunida al atardecer del Día del Señor, para la oración vespertina comience la salmodia con el Salmo 109 ya que éste constituye una proclamación del Señor Resucitado y Glorificado. En este día la comunidad ha celebrado la Eucaristía, es el primer día de la nueva creación.

Precisamente desde esta perspectiva, el Salmo se convierte en un canto luminoso dirigido por la liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua del Señor. Es el Salmo más cristiano del salterio. Generaciones y generaciones de cristianos han cantado este Salmo cada domingo y lo cantarán todavía hasta que el Señor vuelva. San Agustín afirma que el Salmo es breve por el número de palabras y, sin embargo, denso por su contenido (In Ps 109,1). Realmente es el Salmo más cristiano puesto que el Señor se atribuye a si mismo sus palabras: “Si David, le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?” (Mt 22,45; 26,64). El mismo Jesús se refiere al Salmo cuando en el Sanedrín habla de la gloria del Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios (Mt 26,64). También el apóstol Pedro en su predicación kerigmática del día de Pentecostés cita el al Salmo:

Enaltecido y puesto por Dios a su mano derecha, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, el cual, a su vez, Él repartió. Eso es lo que estáis viendo y oyendo. Porque no fue David quien subió al cielo, sino que él mismo dice: ‘El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies” (Hch 2,34-35).

Es el Salmo más citado del Nuevo Testamento, hasta 14 veces y san Agustín dice al principio de su predicación que “es un Salmo breve por sus palabras, pero denso en sus contenidos” (In Ps 109,1)  proclama estas solemnes palabras en su predicación:

Era necesario conocer el único Hijo de Dios, que estaba por llegar a los hombres, para asumir el hombre y para convertirse en el hombre a través de la naturaleza asumida: murió, resucitó, ascendió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre y ha cumplido entre las naciones lo que había prometido [..] Todo esto, por lo tanto, tenía que ser profetizado, tenía que ser anunciado, tenía que ser comunicado como destinado a venir, porque, viniendo de una manera repentina, no diese lugar al temor, al contario, ya que había sido anunciado, fuese acogido con fe y esperado con alegría. Dentro de estas promesas hay que incluir este Salmo, que profetiza, en términos tan claros y explícitos, a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que no podemos tener la más mínima duda de que realmente se proclama a Cristo» (In Ps 109,3).

El primer oráculo: Cristo Rey exaltado a la derecha del Padre

En el primer oráculo (v. 1) se escucha la Palabra más alta de la gloriosa e indivisible Trinidad. Es la Palabra de Dios (Yahvè) dirigida a aquél que es “mi Señor” (Adonai) invistiéndolo de su propia gloria y entronizándole como rey victorioso: “Siéntate a mi derecha”. Jesús es el rey vencedor en su Cruz que en virtud de su Resurrección fue declarado Hijo de Dios y se le dieron plenos poderes (Rm 1,4). Jesucristo que subió al cielo y está a la derecha de Dios (1Pe 3,22) y ahora espera que Dios haga de los enemigos el estrado de sus pies, el último enemigo es la muerte. El último enemigo aniquilado será la muerte. Así san Pablo escribe: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies» (1Co 15,35)

Es a partir de éste Salmo que la Iglesia articuló el lenguaje de la fe y las palabras del Credo: “Sedet ad dexteram Patris” “Y está sentado a la derecha de Dios Padre”. El tema de la sessio Christi ad dexteram Patris es particularmente entrañable en la comunidad del Nuevo Testamento y está presente en los antiguos himnos cristológicos (Flp 2,6-11; 1 Tim 3,16). La Resurrección manifiesta el Señor como el Kyrios de todo el universo. También se encuentra en uno de los himnos más antiguos de la liturgia, en el Gloria: “Qui sedes ad dexteram Patris miserere nobis” “Tú que estás sentado a la derecha de Dios Padre”.

Segundo oráculo: Cristo, Hijo de Dios desde toda la eternidad

El que ha sido exaltado y ahora se sienta a la derecha del Padre es el que ha sido engendrado, como rocío, antes de la aurora y entre esplendores sagrados ya era príncipe desde el día de su nacimiento (v 3). Este versículo es muy arcaico según los exegetas y es difícil establecer correctamente su texto original, de ahí la disparidad de interpretaciones. Sea cual sea el texto original la Iglesia orante ha confesado su fe a través de estas palabras la condición divina de Cristo. Es la fe de Nicea y de Constantinopla que confiesa que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre; en éste versículo resuena ya las palabras del Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.

Por consiguiente, la tradición de los Padres contempla en este verso tanto la generación del Verbo que está desde el principio junto a Dios, como también su nacimiento temporal, según la carne.  El Mesías es investido Rey, Sacerdote e Hijo desde arriba, desde Dios. Es la gloria de Dios que se manifiesta en Él, la gloria de Dios que Jesús reclama para sí en su oración sacerdotal: “Padre, dame en tu presencia la misma gloria que yo tenía contigo desde antes que existiera el mundo” (Jn 17, 4).

Es de notar las imágenes preciosísimas de la “aurora” y del “rocío” que simbolizan el don siempre precedente de Dios: un nuevo amanecer que preludia un día nuevo y una luz nueva. Así mismo la imagen tan preciosa del rocío que refleja una nueva fecundidad de la tierra. Para un creyente evoca la aurora de la mañana de Pascua y el rocío de la gracia. Como no pensar en las palabras de la epiclesis de la Plegaria Eucarística II: “Spiritus tui rore sanctificat” (Lamentablemente esta imagen fue suprimida en la versión castellana del Ordinario de la Misa: “te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu”)

Tercer oráculo: Cristo, sumo y eterno sacerdote

El que ha nacido antes de la aurora in splendoribus sanctis es Sacerdote, con un sacerdocio que viene del cielo, más allá y antes de que el sacerdocio levítico, que une y reconcilia Dios y el  hombre. Un Sacerdote, sine patre sine matre sine genealogia,  para indicar que es don de Dios. Bajo la figura de Melquisedec (Rey de paz) se presenta ante el pueblo con la ofrenda del pan y del vino que profetiza a Cristo que entrega eucarísticamente su Cuerpo y su Sangre. La carta a los Hebreos desarrolla ahí con una bella teología, contraponiendo el orden de Melquisedec al orden del sacerdocio levítico para indicar la superioridad del primero y para manifestar el nuevo tabernáculo, no construido por manos humanas, “donde entró Jesús para abrirnos camino, llegando Él así a ser sumo sacerdote para siempre, de la misma clase que Melquisedec” (He 6,20).

Tanto los fieles, como los ministros ordenados, tienen gozo de cantar: “Iuravit Dominus et paenitebit eum. Tu es sacerdos in aeternum” “El Señor lo ha jurado y no searrepiente” ya que la alianza sellada por Jesucristo, Sacerdote de la nueva alianza, nunca jamás será derogada y permanece para siempre. Ni tan solo nuestros pecados pueden que Dios se desdiga de lo que en Cristo y por Cristo nos ha prometido.

En Él, por tanto, tenemos el ancla de nuestra esperanza. Nada hay de transitorio en Cristo, con Él todo permanece para siempre. La Iglesia participa, con el canto del Salmo, de los misterios del Esposo, porque lo que se canta en el Salmo se cumple en ella, sobretodo en el Día del Señor. Ciertamente ella, la Iglesia, participa de su realeza victoriosa, de su filiación divina, de su sacerdocio; con razón somos un pueblo de reyes y de sacerdotes. Las palabras “Tu es sacerdos in aeternum” “Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec” han estado siempre presentes en la liturgia del sacramento del Orden.

Con razón la asamblea desea y exclama que Dios extienda desde Sión el poder de su cetro. Un cetro que según san Juan Crisóstomo, es su santa Cruz, para que los enemigos sean puesto al estrado de sus pies, no para destruirlos, sino para que allí le reconozcan como Señor. Dios Padre que está a su derecha el día de su poder quebrantará las fuerzas del mal para que no hagan más daño a la tierra. Véase el comentario del Salmo de san Juan Crisóstomo (Expositio in Psalmum  CIX 3, 4 y 5 ss).

Finalmente en el enigmático v. 7 el Señor que ha abajado la cabeza para beber del torrente de nuestra humanidad y ha sido humillado es el que por su Resurrección se levanta para llevar a su pueblo a su heredad. Él siempre va delante. Cristo siempre delante nuestro y por sobre nuestro. Pero también Cristo en nosotros esperanza de la gloria.

El Salmo se canta en las II Vísperas Dominicales y en casi todas las solemnidades. El Salmo 109, tanto en el curso  romano y monástico, empezaba la serie de los Salmos de Vísperas que se distribuían semanalmente con cinco salmos cada día hasta el salmo 147. Fue un uso secular que pervivió hasta la reforma del Oficio Divino. Es bello pensar que generaciones de creyentes, entre ellos tantos santos y santas, han cantado la gloria del Señor con este Salmo, en el cual David, inspirado por el Espíritu Santo, anunció la gloria de su Señor.

Las comunidades cristianas reunidas para las Vísperas del Domingo, gozosas de celebrar el Día del Señor deben cantar con alegría y una gran esperanza este Salmo. La belleza no reside en las palabras, sino en lo que éstas anuncian: Cristo ahora está sentado a la derecha de Dios Padre y allí es el Rey victorioso y el Sacerdote de una nueva alianza, de la cual nosotros por el Bautismo y la fe formamos parte. No hay alegría más grande que proclamar con el Salmo, que nuestro Señor conocía y que los apóstoles usaban para predicar la Resurrección del Señor, que Jesucristo es Rey y Sacerdote con un reino que no tendrá fin y con un sacerdocio que jamás será abolido. La comunidad eclesial se siente dichosa de cantarlo y se complace en ello.

El Salmo se canta con el bello y sobrio tono séptimo  gregoriano. Las antífonas enriquecen el Salmo con perspectivas siempre nuevas según el tiempo litúrgico y las solemnidades.

Oráculo del Señor a mi Señor:
“Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies”.
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora”.

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
“Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec”.

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Oremos

Tú, Dios nuestro, juraste establecer a tu Hijo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec; y éste, llegado a la perfección, es causa de salvación para todos los que le obedecen. Aviva en nosotros, partícipes del sacerdocio de Cristo, la seguridad de entrar en el santuario, donde nuestros enemigos, el pecado y la muerte, serán puestos por estrado de tus pies. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Mn. Rafael Serra.

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