2016 – TIEMPO DE NAVIDAD

 

Homilia de Navidad de San Juan Crisóstomo

“¡Me sorprende un nuevo y maravilloso misterio!

Mis oídos resuenan ante el himno de los pastores, que no entonan una melodía suave sino un himno celestial ensordecedor.

¡Los ángeles cantan!

¡Los Arcángeles unen sus voces en armonía!

¡Los Querubines entonan sus alabanzas llenas de gozo!

¡Los Serafines exaltan su Gloria!

Todos se unen para alabar en esta santa festividad, sorprendiéndose ante el mismo Dios aquí… en la tierra y el hombre en el cielo. Aquel que está arriba, por nuestra salvación reposa aquí abajo; y nosotros, que estábamos abajo somos exaltados por la divina Misericordia.

Hoy Belén se asemeja a los cielos, escuchando desde las estrellas el canto de las voces angélicas y, en lugar del sol, presencia la aparición del Sol de la Justicia. No pregunten cómo es esto, porque donde Dios desea, el orden de la naturaleza es cambiado. Porque Él quiso, tuvo el poder para descender. Él salvó. Todo se movió en obediencia a Dios.

Los niños vienen a adorarlo pues se hizo niño, porque de la boca de los niños perfeccionará la alabanza; los niños, al niño que levantó mártires por la matanza de Herodes.

Los hombres a Aquel que se hace hombre para curar las miserias de sus siervos.

Los pastores, al  Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; los sacerdotes, a Aquel que se hace Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

Los siervos, a Aquel que tomó la forma de siervo, para bendecir nuestro servicio con la recompensa de la libertad (Fil 2,7).

Los pescadores, al Pescador de la humanidad.

Los publicanos, a Aquel quien estando entre ellos los nombró evangelistas.

Las mujeres pecadoras a Aquel que entregó sus pies a las lágrimas de la mujer arrepentida, y para que pueda abrazarlos también yo; todos los pecadores han venido, para  poder  ver al Cordero de Dios que carga con los pecados  del  mundo.

Por eso todos se  regocijan, y yo también deseo  regocijarme. Deseo participar de esta danza y de este coro, para celebrar esta fiesta. Pero tomo mi lugar, no tocando el arpa ni llevando una antorcha, sino abrazando  la cuna de Cristo.

¡Porque ésta es mi esperanza!

¡Ésta es mi vida!

¡Ésta es mi salvación!

¡Éste es mi canto, mi arpa! Y trayéndola en mis brazos, vengo ante vosotros habiendo recibido el poder y el don de la palabra, y con los ángeles y los pastores canto:

¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!”

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Normativa litúrgica durante la octava de Navidad

En las Plegarias eucarísticas I, II y III cada día se dice el embolismo propio del mismo día de Navidad: “Reunidos en comunión con toda la Iglesia para celebrar el día santo en que la Virgen María, conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo” (Plegaria eucarística I o Canon romano); “reunida aquí en el día santo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo” (Plegaria eucarística II); “… que has congregado en tu presencia en el día santo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo” (Plegaria eucarística III). Para la Liturgia todos los días de la octava forman como un único día,  el  del  Nacimiento  del  Señor.

Cada día se rezan  las completas I o II del Domingo con la oración Visita.

Todas las memorias son libres y únicamente pueden celebrarse a manera de conmemoración como se indica en la introducción.

Durante todo el ciclo de Navidad

Si la Misa no tiene un prefacio propio se dice indistintamente uno de los tres prefacios de Navidad.

En Tercia,  Sexta y  Nona  los tres Salmos se rezan    con  una  única antífona  propia  del tiempo de Navidad.

Recomendaciones

Es recomendable colocar durante los días de Navidad una imagen del Niño Jesús en un lugar oportuno, pero que no ofusque la centralidad de los elementos litúrgicos sacramentales (sede, ambón, altar).

Puede resultar especialmente significativo colocar la imagen de Jesús en el    centro de la corona (o del conjunto) en el que durante el Adviento se encendieron los cirios de esta  corona y que ahora   podrían iluminar la imagen.

El día de Navidad, en los monasterios, antes o después de las I Vísperas, en las demás iglesias antes de la Misa de  medianoche o de las Misas festivas de Navidad que se celebran el día 24 de diciembre al atardecer, se puede bendecir la imagen del Niño Jesús con el formulario propio que se halla en el  “Bendicional” (págs. 566-568).

Nota de espiritualidad litúrgica

LA NAVIDAD DEL SEÑOR

DIOS CON NOSOTROS, EMMANUEL, PARA SIEMPRE

La Liturgia de la Navidad del Señor resplandece de la gloria de Dios. Lo más alto “la gloria a Dios en las alturas” llega a ser lo más pequeño “en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Un contraste que sólo los ángeles pueden cantar.

Las lecturas primeras de las tres Misas de Navidad son odas que proclaman la gloria del Mesías y los textos de la infancia de Jesús adquieren tono menor comparados con el gran Evangelio de la Misa del día de Navidad, el punto culminante del cual son las palabras: “Verbum caro factum est”.

Y la colecta de la Misa del Día de Navidad reza: “Oh Dios, que de modo admirable has creado  al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana.

Navidad dice: ¡Dios está ahí! El Niño, que todavía no habla,   infans,  es ya todo Él  pura elocuencia del Padre,  todo  Él Verbo de Dios.  Palabra  que dice: ¡oh  mundo yo te amo! ¡oh hombre yo te amo, a ti!

 Dios  por Navidad  adquiere  un nuevo  nombre: “Emmanuel”, “Dios con nosotros”, que significa que Dios ya no puede  reencontrar  su propia  Gloria sin nosotros.  Por eso la Liturgia de la Navidad tiene resonancias de nupcialidad, de las nupcias eternas entre Dios y la humanidad: “Cuando salga el  sol, veréis  al Rey de reyes, que viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial Dios” (Ant. Ad Magn. I Vísperas de Navidad).

En la persona de su Hijo amado Dios ha entrado en este  mundo   para  no dejarlo  ya nunca jamás. La actitud de los fieles  debe  ser  la  de  los  pastores :   “laeti et  festinantes”   hasta llegar  a  la cuna  del Niño Dios. Y contemplar al Niño,  dejando que el corazón diga las palabras de la fe de la Iglesia: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre,  por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo”.

Éste día la predicación no debe para ser para nada parenética, puesto que el sentido de los fieles ya entiende, quizás mejor que los pastores, que es imposible adorar al Señor que por nosotros se hizo pobre,  sin vivir una profunda solidaridad – en absoluto retórica, sino real, con los pobres,  puesto que ellos llevan  en su rostro la imagen  del  Hijo  nacido pobre  entre  los   pobres.  Es  un  coro de  pobres los que  reciben  al Señor.

La predicación debe ser casi un elogio de Jesucristo, un proclamar que su humanidad es nuestra felicidad, así empieza santo Tomás su Tratado del Verbo Encarnado (Cf. Sth III, q.9a. 2) ya que por Él pasamos de lo finito a lo infinito “porque en el misterio que hoy celebramos, el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el Eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para reconstruir todo el universo al asumir en sí todo lo caído, para llamar de nuevo al reino de los de los cielos al hombre descarriado … ” (Prefacio de Navidad II).

San Antonio de Padua, que es doctor de la Iglesia, predicaba en este día: “Navidad: he aquí el paraíso”.  El  paraíso   es Dios  mismo. Dios deja de ser una promesa, una esperanza, algo que se vislumbra de lejos, ahora está aquí, en la humanidad  de  Nuestro Señor.

(Calendario-Directorio del Año litúrgico 2017, p. 49ss)

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