2017 – Epifania (Castellano)

Si Navidad es un misterio de la intimidad, la Epifanía es un toque de trompetas. Un anuncio.

El Hijo que nos ha sido dado, de hecho, está llamado a ser luz  para todos los pueblos de la tierra.

La Epifanía es una de las grandes solemnidades de la Iglesia, resplandeciente de la luz pascual.

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá  el  Señor, su gloria aparecerá sobre ti.

 La lectura de Isaías es casi una exaltación de la gloria del Señor que amanece sobre la ciudad santa de Jerusalén. El profeta dice a la Iglesia:

 Levanta la vista en torno a ti, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Es el misterio de la Iglesia que hoy,  radiante de gozo se sabe lugar de encuentro y de la unión  de toda la humanidad en Cristo.

La Iglesia es y será por todas partes el sacramento fiel a  la  Navidad del Señor, del      Hijo predilecto del Padre, en sus hijos dispersos por el mundo, que guiados por la estrella de la fe se levantan, se ponen en camino, en una inmensa peregrinaje,  “para contemplar un día la hermosura infinita de su gloria” (Colecta) y durante este inmensa peregrinación se manifiestan  como heraldos del Señor de la Gloria.

Este es su mensaje: “Dios  se ha hecho  hombre para  que el hombre llegue a ser hijo de Dios”. Es por eso que la Epifanía es realmente una jornada misionera,  un inicio de  una  nueva evangelización, que por naturaleza siempre es nueva.

 

Bautismo del Señor

El Domingo del Bautismo del Señor forma parte del ciclo de la Epifanía.

Isaías  en  la  primera   lectura   proclama: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

 La  gloria del  Señor se  manifiesta  en Jesús  de  Nazaret  que  se  acerca al Jordán  y entre los  pecadores  recibe,  Él  también,  el  Bautismo de Juan.

 Y  vale la pena  resaltar  la indicación  de  Lucas,  “mientras  oraba”,   la Trinidad       de Dios se manifiesta.

El Padre que  proclama  la condición  del  siervo  de  Dios  como el Hijo de su predilección: “Este es mi Hijo,  el amado, mi predilecto”.

Y  la  presencia  del  Espíritu  Santo  en la figura de la  paloma  que busca nido y lugar     de reposo en la  humanidad  de Jesús  para  permanecer en  Él.

 El Bautismo  del  Señor  se convierte  en el inicio del Misterio de la Pascua, Él desciende  en el Jordán,  el río que  vuelve  siempre hacía el origen,  (Salmo 113,3),   como símbolo  de la  humanidad  que  se  sumerge  en la  muerte  para  resucitar  el  hombre  nuevo, cuya  condición  es ser  hijo  amado de Dios y llenos del Espíritu Santo.

Y su Bautismo  prefiguraba el nuestro y por eso dice   la oración  colecta:

Concede  a  tus hijos de  adopción,  renacidos    del agua  y del Espíritu Santo,  la  perseverancia   continua   en   el    cumplimiento   de     tu   voluntad”.

 El Mesías es  presentado  por el testimonio de Juan,  pero también con el testimonio del Padre y del Espíritu Santo y, por tanto,  el Bautismo del Señor se convierte en el primer Icono de la gloriosa y vivificante Trinidad de Dios.

Desde ahora sabemos la condición de Jesús,  el profeta  procedente  del ignoto Nazaret, es el Hijo amado de Dios.

El Bautismo del Señor es sólo el inicio del Misterio de la Pascua, desde entonces Él se pone a  la  cabeza  de  una  humanidad  pobre  y  pecadora  para  conducirla  al  Padre por   el misterio de su Pascua.

Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él” (segunda lectura).

(Calendario – Directorio del Año litúrgico 2017, p. 61 y 62)

You may also like...

Translate »