Ayuno y abstinencia

En la Palabra de Dios encontramos que el ayuno puede ser señal de penitencia, de expiación de los pecados, de oración intensa o voluntad firme de conseguir algo. Otras veces subraya la preparación para un acontecimiento importante, como en los cuarenta días de Moisés en el Sinaí o de Elías en el desierto o de Jesús antes de empezar su misión. A finales del siglo I, la Didaché ya habla del sentido de preparación y de culto del ayuno cuando lo prescribe para el que ha de bautizarse (adultos), durante uno o dos días, y lo recomienda al ministro y a los que le acompañan. Es en la Cuaresma, desde el siglo IV, cuando más sentido ha tenido para los cristianos el ayuno como privación voluntaria de la comida: hacer al día una sola comida fuerte en días determinados. El ayuno, junto con la oración y la caridad, son, desde muy antiguo, una práctica cuaresmal como signo de una conversión interior a los valores fundamentales del Evangelio y una relativización de otros valores materiales. Actualmente nos abstenemos de comer carne todos los viernes de cuaresma que no coincidan con alguna solemnidad. Hacemos abstinencia y además ayuno el Miércoles de ceniza y el Viernes santo.

Liturgia viva, p. 10

El sacramento de la Misericordia del Padre o confesión

Decimos sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación, de la Confesión. La “penitencia” es una parte del sacramento; algunas personas son muy buenas y no “rompen” con el Señor para reconciliarse con Él; la “confesión” es también una parte del sacramento, decir los pecados al confesor. Pero todos los que celebramos este sacramento, sean muy santos o muy pecadores, experimentamos la Misericordia del Padre. El sentirnos llevados a hombros del Buen Pastor; la alegría del Padre por el pecador que se convierte y el Padre que hace una fiesta porque ha encontrado al hijo perdido. A este sacramento se le ha llamado también el segundo bautismo: se ha perdido la vida nueva del primer bautismo y la recuperamos en este sacramento de la Misericordia del Padre o confesión. Es un regalo de Cristo Resucitado a su Iglesia el día de la Resurrección: “Al anochecer de aquel día primero de la semana…¡Paz a vosotros! a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados...” (Jn 20,19-23). La celebración de este sacramento, el confesarnos bien nos ayuda en este camino de conversión gozosa hacia la Pascua, que es la Cuaresma.  

Liturgia viva, p. 10

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